Como si representara una escena en mi honor con toda la sutilidad de una obra moralista del siglo XVI, una multitud se abrió paso con las uñas para subirse a un tren de cercanías. Todos los actores estaban allí: Destino y Realidad, y el vástago de esta última, Nueva Realidad, así como Pobreza y Hambre, Virtud y Maldad, Apatía y Corrupción.
El drama empezó cuando el tres, Realidad, entró en la estación. Estaba de bote en bote porque todos querían subirse a él: Virtud, Maldad, Apatía, Corrupción, todos. Alguno, probablemente Pobreza, dejó caer una bolsa de plástico con su almuerzo en medio del desorden por un codazo que le dio Destino. A continuación, Realidad dejó la estación rechinando y con gran estruendo metálico, dejando atrás a Nueva Realidad. Y alguien más, probablemente Hambre, recogió con toda naturalidad la bolsa del almuerzo de Pobreza, sacudió el polvo de un chapati que se se había caído de la bolsa pisoteada y siguió su camino. ¿Había en todo esto alguna lección para mí? ¿Que redujera mis expectativas y reacciones ante las cosas, que las redujera a las proporciones adecuadas?
Rohinton Mistry: Cuentos de Firozsha Baag (1987). Préstame tu luz.