Inauguré así una nueva versión de los "domingos a solas".
Hasta entonces había sido mi costumbre reservar todo el domingo, día de cierre del restaurante, para mí. Cuando el éxodo al lago o a las montañas vaciaba Milán de las personas que, por regla general, vivían allí en condiciones de cautividad, me guarecía en casa, descorchaba una botella de Amarone sustraída de la bodega del local, preparaba un servicio de mesa y cocinaba. Cocinaba durante horas, emborrachándome mientras hacía platos atrevidos e improbables. Preparaba alimentos refinados y a la vez suculentos y especiados, suaves de mantequilla, cargados de grasas animales, fatigados en largas cocciones a fuego lento, alimentos casi siempre proscritos por la respetabilidad vigente en el arte culinario de una época exangüe.
Con anterioridad, esos domingos a solas habían sido para mí tardes de profunda euforia, ya que me parecían lo más próximo que podía existir a lo que yo entendía por felicidad. Ahora, en cambio, tras haber conocido a Giulia, los domingos a solas se me hacían insoportables.
Hasta entonces había sido mi costumbre reservar todo el domingo, día de cierre del restaurante, para mí. Cuando el éxodo al lago o a las montañas vaciaba Milán de las personas que, por regla general, vivían allí en condiciones de cautividad, me guarecía en casa, descorchaba una botella de Amarone sustraída de la bodega del local, preparaba un servicio de mesa y cocinaba. Cocinaba durante horas, emborrachándome mientras hacía platos atrevidos e improbables. Preparaba alimentos refinados y a la vez suculentos y especiados, suaves de mantequilla, cargados de grasas animales, fatigados en largas cocciones a fuego lento, alimentos casi siempre proscritos por la respetabilidad vigente en el arte culinario de una época exangüe.
Con anterioridad, esos domingos a solas habían sido para mí tardes de profunda euforia, ya que me parecían lo más próximo que podía existir a lo que yo entendía por felicidad. Ahora, en cambio, tras haber conocido a Giulia, los domingos a solas se me hacían insoportables.
Antonio Scurati: El padre infiel