El domingo, sin embargo, era un día aparte. Durante toda la jornada nadie hablaba demasiado ni muy alto, sobre todo por la mañana. Mi padre veía las noticias de la televisión, y más tarde el partido de béisbol, en bermudas y camiseta, prendas que no se ponía entre semana. Mi madre leía algún libro, elaboraba los planes de estudio para el otoño y escribía en su diario, que llevaba desde la adolescencia. Normalmente daba un largo paseo sola después del desayuno; subía por Central Avenue y cruzaba el río y llegaba al centro, donde no sucedía nada en absoluto y las calles estaban casi vacías. Luego volvía a casa y preparaba la comida. Yo había elegido el domingo como día de práctica de los movimientos del ajedrez y aprendizaje de las reglas.
Richard Ford: Canadá