Así como vertían su líquido enfermo
los años,
se iba llenando la casa de averías.
Los hombres
con el tiempo
se hacen graves y atesoran una pequeña fortuna.
El paso de los años deja un cúmulo de astillas,
viejos muebles renovados,
escenario que la luz de la casa destiñó,
expuestos al sol falso del Norte,
quemados cortinajes.
Viviendas de formica.
Me preguntaba entonces,
en el glorioso día del cambio,
si mi alma sería también una pared
protegida por cuadros infames,
si alguien levantaría esta parte no usada,
sorprendida en el trasiego de los cuartos,
paralizada, sin suerte,
como una cucaracha descubierta.
los años,
se iba llenando la casa de averías.
Los hombres
con el tiempo
se hacen graves y atesoran una pequeña fortuna.
El paso de los años deja un cúmulo de astillas,
viejos muebles renovados,
escenario que la luz de la casa destiñó,
expuestos al sol falso del Norte,
quemados cortinajes.
Viviendas de formica.
Me preguntaba entonces,
en el glorioso día del cambio,
si mi alma sería también una pared
protegida por cuadros infames,
si alguien levantaría esta parte no usada,
sorprendida en el trasiego de los cuartos,
paralizada, sin suerte,
como una cucaracha descubierta.
Luisa Castro (Los hábitos del artillero, 1990)