Domingo por la tarde. Partido decisivo del Torneo de Clausura. Finalmente no han cerrado el estadio, pero el partido se interrumpe por otro tipo de alerta: están cayendo cubos de granizo de tres centímetros de diámetro. Los equipos de Vélez y Huracán, que se jugaban a muerte el campeonato, se tiran a los vestuarios. La gente espera. La gripe calla. El cielo ruge.
El agua golpea. El césped vacío alberga a una
pelota en el círculo central. Nadie se ocupa de
ella. Nadie, salvo un periodista que salta al
rectángulo de juego, patina hacia la media
cancha, se acuesta boca abajo en la hierba mojada
y empieza a fotografiarla. El fotógrafo quiere
retraar a la pelota sola, testigo del desalojo,
rodeada de granizo en la mitad del campo.
Sentado frente al televisor en un café del aeropuerto Ezeiza, de pronto pienso que, por justicia poética, debería ganar el Huracán: no sólo juega mejor, sino que tiene nonbre de apocalipsis. Alguien me mira a mí. Yo miro la pantalla. Dentro de la pantalla, el público mira al fotógrafo. El fotógrafo contempla la pelota. Lo que mira la pelota es el misterio del país.
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