Sólo ahora se daba cuenta de que su madre tuvo que susurrarle algo al oído mientras le amamantaba, algo tan hondamente imprescindible como la leche que le dio, cuyo sabor había olvidado ahora definitivamente. Pero su madre no le había susurrado nada, y él, por su cuenta, era incapaz de entender el mundo en su totalidad.
Andrei Platónov: Chevengur