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miércoles, 1 de noviembre de 2017

Snowboard

Estos surfistas de la nieve forman
una nueva camada de animales de invierno.
Dedican sus horas a la nieve virgen
y a las tablas de surf. Trazan estelas
entre los pinos. Su acrobacia agota
las posibilidades laterales
de la montaña. Cuando llegue el verano
a bordo de sus coches de colores intensos
buscarán una playa y el significado
de los nombres antiguos de los vientos.
Ahora sobre sus bocas carnosas
fosforece de vida el protector labial.
Navacerrada los recibe este fin de semana.
Ni siquiera sus horas vulgares son vulgares.
Es cierto que ya no son héroes
sino metáforas de héroes, pero
siguen desconociendo el color de la melancolía.
Como los meteoros
construyen y destruyen sus caminos.
En el bosque absoluto solamente la tarde
los encuentra. Se aturden en las sendas
nunca pisadas. Dejan
sus marcas esperando que nadie las transite
hasta que nuevos copos borren cualquier memoria.
Hemos de confiar en la hermosura
que no veremos nunca, en las sigmas efímeras
que escriben los surfistas de la nieve. Cursan
itinerarios tan imprevisibles
como los que dibujan las arterias
bajo la piel. Existen armonías
que no percibiríamo
 sin las celebraciones
del arte pop. A veces
están muy lejos nuestra plenitud
del lugar que habitamos. Otros son
los que sustentan nuestros sueños. Ser
contemporáneos quiere
decir solo que somos
simultáneos de todo nuestro tiempo.
Por eso algunos días
logran esta humildad insuperable. Apunto
estas líneas en una
caja de Telepizza. Sin fragmentos de frases,
los periodistas de Madrid Directo
lo dicen en la hora de poniente
enfocando las torres de una ciudad de fuego.
¿Es esto lo que siempre
se ha llamado belleza?

Juan Antonio González-Iglesias

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