Una ciudad es algo que uno mismo se inventa,
y esta jamás ha sido menos.
Nunca ayudan la niebla,
un cuarto de alguna pensión
o del hotel París
ni un rincón de una calle
(la Karlova, pongamos)
a quien no es capaz de llenarlos
con sus propios fantasmas.
Es la soledad cuando
nadie está solo, o la compañía
inesperada y aun desconocida,
el viento eterno sobre el puente
junto a una extraña y repentina
felicidad
lo que le concede la vida,
el don
de ser más que un hermoso
pero sencillo decorado.
Si miras a los ojos
el corazón que esconden estas calles,
enseguida te darás cuenta
de que si has vuelto es porque sabías
lo inútil de intentar escapar de su hechizo.
En esta ciudad
cada sombra un recuerdo,
cada recuerdo un suspiro,
cada suspiro un invisible poema.
y esta jamás ha sido menos.
Nunca ayudan la niebla,
un cuarto de alguna pensión
o del hotel París
ni un rincón de una calle
(la Karlova, pongamos)
a quien no es capaz de llenarlos
con sus propios fantasmas.
Es la soledad cuando
nadie está solo, o la compañía
inesperada y aun desconocida,
el viento eterno sobre el puente
junto a una extraña y repentina
felicidad
lo que le concede la vida,
el don
de ser más que un hermoso
pero sencillo decorado.
Si miras a los ojos
el corazón que esconden estas calles,
enseguida te darás cuenta
de que si has vuelto es porque sabías
lo inútil de intentar escapar de su hechizo.
En esta ciudad
cada sombra un recuerdo,
cada recuerdo un suspiro,
cada suspiro un invisible poema.
Martín López-Vega