El pasado domingo estuve en el parque del Retiro para aprovechar la esplendidez del día y el incendio de las hojas de otoño. Vi familias que habían colgado banderitas y globos de colores entre los árboles para celebrar una fiesta infantil al aire libre. Vi parejas besuqueándose, abismados el uno en el otro; vi perros felices, con las colas girando como las aspas de un helicóptero, y críos pequeños entregados a esa excitación nerviosa, a esa especie de borrachera que produce en los niños la alegría. Vi hombres y mujeres con patines, corriendo en pantalón corto, con bicicleta, vestidos de novios y haciéndose fotos; y a una maravillosa pareja de octogenarios muy bajitos que caminaban lentamente de la mano. También vi a muchos ancianos deteriorados e impedidos; a personas con discapacidades físicas o psíquicas (gente con diversidad, como se llaman ellos), algunos atados a sus sillas de ruedas. Y vi a una pareja de treintañeros sentada en un banco y rodeada de bultos y maletas… Quizá fueran el producto de un desahucio, de un desalojo; atardecía y empezaban a sacar mantas de los hatillos para hacer frente al relente. La vida estallaba en el Retiro, en fin, en toda su gloria, toda su lucha y toda su pena
Rosa Montero, "La vida real" en El País, 29 de octubre de 2013