Hoy más que nunca me doy cuenta de que a lo largo de mi vida vinculé la felicidad al cuerpo. Le he querido mucho a mi cuerpo, aunque lo he tratado con poco cuidado; he tomado alcohol durante treinta años, una botella de whisky al día, y ya hace setenta y cuatro años que fumo sin interrupciones, y mi cuerpo nunca me traicionó. Hoy que me hace sufrir, oxidado, cansado, encuentro un sentimiento de piedad para él, para nosotros. Con mi cerebro, en cambio, tengo pocas relaciones de felicidad. Casi nunca está presente cuando soy feliz. La felicidad yo siempre la encontré en el mundo terrenal, en las cosas concretas, en los olores, en los sabores, en el tacto, en las relaciones humanas; no en la literatura.
Andrea Camilleri