Aquí se desgranan eternos los instantes
y se intuye el paso de la luz, la sombra
traza la frontera que va del sol al frío
mientras el ave canta y se respiran
tan plácidas las horas
que se une para siempre la vida con la muerte.
Las nubes, como mapas, se mueven perezosas
al antojo del viento que gime entre los chopos,
recita su oración y luego calla,
devolviendo a la tarde el silencio
que fluye en el arroyo como fluyen las horas,
sin querer, sin nombrarse.
No se miden los días. Todo pasa
y queda detenido.
Se pierde la mirada en las colinas.
Hay rebaños de nubes que oscurecen la tarde,
mas uno se daría por satisfecho
sin más contemplación que estos verdores.
No necesita más la vida
para justificar tanta pasión inútil.
No lejos del lago de Gransmere,
donde aves salidas de un poema
describen en el aire con osado volar
un círculo más amplio que el piélago mismo,
junto al río, juanto a una iglesia antigua,
en la másvieja Europa,
entre tumbas de piedra que comparten su nombre,
reposa William Wordsworth,
que vivió ochenta años, recorrió el continente
con la fiebre en el ánimo de una revolución ajena,
lloró a Samuel Coleridge y atisbó lo inmortal
en unos pcoos recuerdos felices de infancia.
Acaso la vida que dejara pendiente
alimenta las flores que brotan en su tumba,
tan frágiles como los extranjeros
que llegan hasta aquí por contemplarlas.
Por el sendero de Rydal, sin reposo, desde el sur
he llegado. he venido a esta tierra
confiando en unos versos que revelan que aquellos
que vivieron un día su vida y su destino
en un reino erigido con frágiles palabras
no escuchan o que los vivos inevntan sobre ellos.
La señal de mi paso la borrará la lluvia.
La noche del invierno recogerá sus fríos
y hará con la penumbra el mapa de las ruinas
de la tierra de nadie.
Quedará en el recuerdo la certeza de ahora,
viviéndose en lo eterno de lo efímero, en cantos
que nunca más retornan.
Conozco mi destino,
la lluvia borrará la señal de mi paso.
He llegado a Grasmere confiando en que algún día
la muerte intempestiva me igualará con Wordsworth
y se intuye el paso de la luz, la sombra
traza la frontera que va del sol al frío
mientras el ave canta y se respiran
tan plácidas las horas
que se une para siempre la vida con la muerte.
Las nubes, como mapas, se mueven perezosas
al antojo del viento que gime entre los chopos,
recita su oración y luego calla,
devolviendo a la tarde el silencio
que fluye en el arroyo como fluyen las horas,
sin querer, sin nombrarse.
No se miden los días. Todo pasa
y queda detenido.
Se pierde la mirada en las colinas.
Hay rebaños de nubes que oscurecen la tarde,
mas uno se daría por satisfecho
sin más contemplación que estos verdores.
No necesita más la vida
para justificar tanta pasión inútil.
No lejos del lago de Gransmere,
donde aves salidas de un poema
describen en el aire con osado volar
un círculo más amplio que el piélago mismo,
junto al río, juanto a una iglesia antigua,
en la másvieja Europa,
entre tumbas de piedra que comparten su nombre,
reposa William Wordsworth,
que vivió ochenta años, recorrió el continente
con la fiebre en el ánimo de una revolución ajena,
lloró a Samuel Coleridge y atisbó lo inmortal
en unos pcoos recuerdos felices de infancia.
Acaso la vida que dejara pendiente
alimenta las flores que brotan en su tumba,
tan frágiles como los extranjeros
que llegan hasta aquí por contemplarlas.
Por el sendero de Rydal, sin reposo, desde el sur
he llegado. he venido a esta tierra
confiando en unos versos que revelan que aquellos
que vivieron un día su vida y su destino
en un reino erigido con frágiles palabras
no escuchan o que los vivos inevntan sobre ellos.
La señal de mi paso la borrará la lluvia.
La noche del invierno recogerá sus fríos
y hará con la penumbra el mapa de las ruinas
de la tierra de nadie.
Quedará en el recuerdo la certeza de ahora,
viviéndose en lo eterno de lo efímero, en cantos
que nunca más retornan.
Conozco mi destino,
la lluvia borrará la señal de mi paso.
He llegado a Grasmere confiando en que algún día
la muerte intempestiva me igualará con Wordsworth
Javier Rodríguez Marcos