Los domingos, Jano bajaba a la capital y buscaba un cine donde embeberse y olvidar. Los primeros rostros extraños que veía por la calle le recordaban a sus seres queridos y los ojos oscuros y grandes, suavemente endurecidos, de los adolescentes, le revelaban el amor. Sudaba y sonreía apretujado contra la ventanilla del autobús cargado de compañeros; el autobús que cruzaba el paisaje tembloroso y calcinado de las primeras horas del atardecer. Miraba los cañaverales, los riachuelos fétidos del barrio de chabolas, las tejas resecas de los tapiales, las palmeras y el cielo. Pero todas éstas eran las sensaciones del domingo y no de ahora, cuando tenía el corazón desasosegado, la frente con fiebre, los ojos cansados y enrojecidos. Estaba en la primera clase del lunes.
Antonio Colinas: "Un año en el sur"