Veintidós meses habían pasado sin aportar nada nuevo y él había permanecido esperando, como si la vida debiera tener una indulgencia especial con él, y, sin embargo, veintidós meses son muchos meses y pueden suceder muchas cosas: hay tiempo para que se formen nuevas familias, nazcan niños y comiencen incluso a hablar, una gran casa se alce donde antes sólo había un prado, una mujer hermosa envejezca y nadie más la desee, una enfermedad, incluso la más larga, se prepare (y, entretanto, el hombre sigue viviendo despreocupado), consuma lentamente un cuerpo, se retire con breves apariencias de curación, recidive desde un punto más profundo y acabe con las últimas esperanzas, y aún sobra tiempo para que el muerto sea sepultado y olvidado, el hijo sea capaz de reír de nuevo y por la noche acompañe, despreocupado, a las muchachas por las avenidas, a lo largo de las verjas del cementerio.
Dino Buzzati: "El Desierto de los Tártaros"