En los primeros meses del año
venían a esta plaza
cada noche.
Ella tal vez hablara de hacer un largo viaje
por Europa;
y él miraba el Ford azul
aparcado a la sombra de los árboles.
Aún es fácil
imaginarles juntos,
ver la ciudad oscura que suena en cada paso,
que les dice: -No importa dónde vayas.
No importa cuánto corras.
No importa dónde llegues porque siempre estarás
a la misma distancia del sitio en que has caído.
Aún es fácil.
Tal vez él va hablando
de algún plan,
el proyecto
de empezar una vida en el Madrid de finales
de los 40; en medio de aquel mundo
hecho con casas tristes y hombres demolidos;
mientras ella
no le escucha: tan solo
se deja ir,
confía en lo que ama,
cierra los ojos para ver la rueda
de los años,
el fuego de las horas.
No escucha. No descubre
que lo que dice atrapa lentamente sus ojos
como una espina deja
la sangre de su rosa en nuestra mano.
Él mira el Ford azul
aparcado debajo de los árboles.
Tantos años después, aún es posible
que hay algo suyo aquí: el olor
frío de unas violetas,
la carretera de montaña,
el parque
amarillo, la fuente que iluminan
los faros de algún coche.
Aún es posible
verles pasar,
felices y asustados,
sintiendo miedo -un miedo inexplicable-
hacia las dos personas en que hoy se han convertido.
Muy pronto lo sabrían: que hay silencios
donde arde muy despacio
el corazón;
palabras
que echan su red,
que pisan las violetas,
que envenenan las fuentes donde la madrugada
bebe el líquido blanco de la luna.
Hay silencios
que son una manera de quedarse vacíos.
Pero eso entonces ella aún no lo sabe:
una de aquellas noches,
tal vez la última
de su vida,
cuando alguien pudo verla
cruzar esta ciudad,
subir al Ford azul que la llevaba,
en compañía de un desconocido,
lejos de donde estaba cada uno de sus sueños.
venían a esta plaza
cada noche.
Ella tal vez hablara de hacer un largo viaje
por Europa;
y él miraba el Ford azul
aparcado a la sombra de los árboles.
Aún es fácil
imaginarles juntos,
ver la ciudad oscura que suena en cada paso,
que les dice: -No importa dónde vayas.
No importa cuánto corras.
No importa dónde llegues porque siempre estarás
a la misma distancia del sitio en que has caído.
Aún es fácil.
Tal vez él va hablando
de algún plan,
el proyecto
de empezar una vida en el Madrid de finales
de los 40; en medio de aquel mundo
hecho con casas tristes y hombres demolidos;
mientras ella
no le escucha: tan solo
se deja ir,
confía en lo que ama,
cierra los ojos para ver la rueda
de los años,
el fuego de las horas.
No escucha. No descubre
que lo que dice atrapa lentamente sus ojos
como una espina deja
la sangre de su rosa en nuestra mano.
Él mira el Ford azul
aparcado debajo de los árboles.
Tantos años después, aún es posible
que hay algo suyo aquí: el olor
frío de unas violetas,
la carretera de montaña,
el parque
amarillo, la fuente que iluminan
los faros de algún coche.
Aún es posible
verles pasar,
felices y asustados,
sintiendo miedo -un miedo inexplicable-
hacia las dos personas en que hoy se han convertido.
Muy pronto lo sabrían: que hay silencios
donde arde muy despacio
el corazón;
palabras
que echan su red,
que pisan las violetas,
que envenenan las fuentes donde la madrugada
bebe el líquido blanco de la luna.
Hay silencios
que son una manera de quedarse vacíos.
Pero eso entonces ella aún no lo sabe:
una de aquellas noches,
tal vez la última
de su vida,
cuando alguien pudo verla
cruzar esta ciudad,
subir al Ford azul que la llevaba,
en compañía de un desconocido,
lejos de donde estaba cada uno de sus sueños.
Benjamín Prado