Hay un recuerdo de aquel tiempo, sin embargo, que siempre me devuelve, inevitablemente, el reloj del British Bar. Es el de aquella noche de domingo de verano, quizá de 1962, en que, por primera vez en mi vida, sentí pasar el tiempo dentro de mi corazón.
(...)
Aquella noche, ya digo, fue la primera en mi vida en que sentí el paso del tiempo, y la impotencia y la angustia de no poderlo parar. Desde entonces, lo he sentido muchas veces (cada vez, por ejemplo, que escucho una canción de aquellos años y siempre que me voy de una ciudad), pero nunca como aquella noche de verano en la que descubrí que el tiempo corría y que se aceleraba más justo cuando uno lo quería detener.
Por eso, seguramente, es por lo que la recuerdo siempre que vuelvo a Lisboa y me siento en una mesa ante el viejo reloj del British Bar y por eso la recuerdo ahora de nuevo al contemplar esta foto que, como el reloj de Lisboa, también corre hacia atrás; mi hermana y yo delante de la pista de Martiniano, un día de verano de 1962, junto al cartel que anunciaba el baile de los domingos y en el que hay pintada una pareja que, como yo hubiera querido aquella noche, continuaba bailando desde aquel día y seguirá haciéndolo siempre mientras exista esta fotografía que detuvo el reloj del tiempo bajo sus pies.
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Aquella noche, ya digo, fue la primera en mi vida en que sentí el paso del tiempo, y la impotencia y la angustia de no poderlo parar. Desde entonces, lo he sentido muchas veces (cada vez, por ejemplo, que escucho una canción de aquellos años y siempre que me voy de una ciudad), pero nunca como aquella noche de verano en la que descubrí que el tiempo corría y que se aceleraba más justo cuando uno lo quería detener.
Por eso, seguramente, es por lo que la recuerdo siempre que vuelvo a Lisboa y me siento en una mesa ante el viejo reloj del British Bar y por eso la recuerdo ahora de nuevo al contemplar esta foto que, como el reloj de Lisboa, también corre hacia atrás; mi hermana y yo delante de la pista de Martiniano, un día de verano de 1962, junto al cartel que anunciaba el baile de los domingos y en el que hay pintada una pareja que, como yo hubiera querido aquella noche, continuaba bailando desde aquel día y seguirá haciéndolo siempre mientras exista esta fotografía que detuvo el reloj del tiempo bajo sus pies.
Julio Llamazares: Escenas de cine mudo