En la esquina de Regina Elisabeta con
Calea Victoriei, bajo los soportales, vive una anciana vagabunda. Bajo
los soportales, bajo la ventana sucia de una cafetería de paso, sentada
en una caja que cubre con sus faldas inmensas, una parodia de miriñaque.
Resguardada de los peatones y de la lluvia; no hace demasiado caso ni a
los unos ni a la otra. No se lo reprocho. Tiene al lado un perro bien
cuidado (mejor cuidado que ella misma), y dos o tres cuadernos sobre las
rodillas a los que dedica toda su atención, sin hacer demasiado caso ni
a los peatones ni a la lluvia. Y no se lo reprocho.
Con un cigarro en una mano, agarrando con fuerza un bolígrafo con la otra. ¿Dibujando, tal vez (pintora loca)? ¿Escribiendo poemas (escritora alcoholizada)? Me giro con disimulo (no sé por qué, si no me presta atención, peatón bajo la lluvia. Y no se lo reprocho) y alcanzo a ver, en una ráfaga, su cuaderno cuadriculado como un libro de cuentas, en el que se sucede una hilera de cifras que la mujer mira con atención (obsesión sin techo). Sin atender a los peatones, a la lluvia, al presente; concentrada tal vez en alguna afrenta, algún error, algún problema del pasado que no podrá ya resolver. Que tal vez ya ni quiera resolver siquiera, en realidad.
Y no se lo reprocho.
Con un cigarro en una mano, agarrando con fuerza un bolígrafo con la otra. ¿Dibujando, tal vez (pintora loca)? ¿Escribiendo poemas (escritora alcoholizada)? Me giro con disimulo (no sé por qué, si no me presta atención, peatón bajo la lluvia. Y no se lo reprocho) y alcanzo a ver, en una ráfaga, su cuaderno cuadriculado como un libro de cuentas, en el que se sucede una hilera de cifras que la mujer mira con atención (obsesión sin techo). Sin atender a los peatones, a la lluvia, al presente; concentrada tal vez en alguna afrenta, algún error, algún problema del pasado que no podrá ya resolver. Que tal vez ya ni quiera resolver siquiera, en realidad.
Y no se lo reprocho.
Pereulok
(Bucarest, febrero de 2009)