Las calles, allá abajo, se abrían paso, ciegas, entre el macizo inacabable de los edificios. Las calles, en realidad, daban la sensación de ser lo único consciente, intencionado, dirigido, en aquella acumulación irrazonada de casas y casas y casas y masas grises de piedra y manzanas de color ladrillo y tejados y tejados pardos y viejos, como si todas las aldeas del mundo hubieran sido reunidas, apretadas en un solo haz que se llama Madrid. Gran ciudad con tejados de pueblo.
Francisco Umbral: Travesía de Madrid (1966)