Leía los domingos por la mañana, al despertar. Todavía era pronto, quedaba un rato antes de empezar a pensar en levantarme y vestirme, arreglarme para ir a misa. Había dejado el libro sobre la mesilla de noche, la chaqueta de lana sobre la butaca. Y en el cuarto ligeramente desordenado por la ropa del día anterior (pero ya no estaba el uniforme oscuro, amenazante, sobre la silla), y ya iluminado por el eterno sol de los domingos zaragozanos, recostada en la almohada doblada en dos, abría el libro. En la cama de al lado, mi hermana ya leía, o tal vez dormía todavía y en seguida se despertaría y, casi sin hablarme, se pondría a leer. Y creo que yo hablaba de vez en cuando, interrumpiendo la lectura de las dos.
Después de misa, nuestros padres, en el quiosco nos compraban el TBO y puede que algún recortable, algún cuento de tapas de cartón. Los leíamos en seguida, por turno, vestidas con nuestros trajes blanco de domingo, nuestros peinados de domingo. Estábamos en el cuarto de estar, sentadas en las butacas donde siempre estaban nuestros padres, hundidas, protegidas por las grandes orejas tapizadas de pana marrón. El sol inundaba la habitación, y los cuadro, los libros, las bandejas, las lámparas, todos los pequeños objetos que mi madre repartía por el cuarto, refulgían, vibraban. ¡Qué hermosa era mi casa, cuánta armonía allí, a la hora del vermut, esa hora libre de obligaciones, donde cada uno hacía y decía lo que quería y en la que a veces sonaban os acordes de la música de moda...!
Por la tarde, todo se quebraba, se encogía, ¡cómo no sucumbir al temor de malgastar esas horas que avanzaban hacia la noche, hacia el término de un día único, una excepción en la inacabable monotonía colegial! Pero en esos indeterminados minutos que precedían a la comida se contenían se contenían todas las ilusiones del domingo y parecía que, al igual que las horas en el colegio, tampoco se iban a acabar.
Soledad Puértolas, "Tiempo de leer" en Recuerdos de otra persona