El primer día, la primera tarde, cuando Frasco le mostró el antiguo pajar, con la ventana sobre el río donde Minaya iba a encontrar veintidós años después el cuaderno azul y el casquillo de bala envuelto en un trozo de periódico, Solana desató las cuerdas de su maleta y fue sacando de ella su breve equipaje de fugitivo con una especie de metódico ensimismamiento que excluía la conversación y el desorden, como quien vive siempre en los hoteles y sabe de la desolación de llegar a ellos en una tarde de domingo.
Antonio Muñoz Molina: Beatus ille