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viernes, 24 de marzo de 2017

XXXIV

Era el 27 de agosto de 1926, a las cuatro de la tarde. Las tiendas estaban llenas, las mujeres se agolpaban en los almacenes, en los salones de moda giraban los maniquíes, en las confiterías charlaban los desocupados, en las fábricas zumbaban las ruedas, en las orillas del Sena se espulgaban los mendigos, en el bosque de Bolonia se besaban las parejas, en los parques los niños montaban en los tiovivos. En ese momento vi a mi amigo Franz Tunda, treinta y dos años, sano y despierto, un hombre joven y fuerte, con todo tipo de talentos; estaba en la plaza frente a la Madeleine, en el centro de la capital del mundo, y no sabía qué hacer. No tenía profesión, ni amor, ni alegría, ni esperanza, ni ambición ni egoísmo siquiera.

Nadie en el mundo era tan superfluo como él.

Joseph Roth:"Fuga sin fin" (1924)
(Capítulo XXXIV y último, a modo de microrrelato)

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