Son las horas inciertas de la madrugada.
Los andenes del metro, con el nuevo año,
llevan restos de confetti y brillos. Cristales
rotos y una mugre extraña con perlas, saliva
y vino. Ellas arrastran los cansados trajes
de una fiesta, y procuran que no sufra
más daños el rostro, en el que quedan aún
desvaídas islas de maquillaje. Unos ríen
con risa tarda y dormitan otros sobre
asientos de madera. Confetti, brillos,
manchas, y algún antifaz radiante.
Solo, y de regreso, lo miro todo con
el placer extraño de una participación
indiferente. Y observando una hermosura
que se acoge a una bufanda, pienso
en la espléndida desnudez que muy pronto
será en un cuarto pequeño. Y me veo a mí,
solo. Y sueño en una buena forma de empezar
el año, mientras me acuerdo de detalles
y amigos, y saturnales paganas, y lo miro
todo con curiosa solidaridad y más
curiosa distancia. Todo, menos el cuerpo
hermoso. Y el metro traquetea muy cansado.
Son las horas inciertas de la madrugada.
Los andenes del metro, con el nuevo año,
llevan restos de confetti y brillos. Cristales
rotos y una mugre extraña con perlas, saliva
y vino. Ellas arrastran los cansados trajes
de una fiesta, y procuran que no sufra
más daños el rostro, en el que quedan aún
desvaídas islas de maquillaje. Unos ríen
con risa tarda y dormitan otros sobre
asientos de madera. Confetti, brillos,
manchas, y algún antifaz radiante.
Solo, y de regreso, lo miro todo con
el placer extraño de una participación
indiferente. Y observando una hermosura
que se acoge a una bufanda, pienso
en la espléndida desnudez que muy pronto
será en un cuarto pequeño. Y me veo a mí,
solo. Y sueño en una buena forma de empezar
el año, mientras me acuerdo de detalles
y amigos, y saturnales paganas, y lo miro
todo con curiosa solidaridad y más
curiosa distancia. Todo, menos el cuerpo
hermoso. Y el metro traquetea muy cansado.
Son las horas inciertas de la madrugada.
Luis Antonio de Villena