Los sábados y los domingos eran de intemperie. Toda España
buscaba la intemperie los sábados y domingos. En el fútbol, en el
Retiro, en el Campo del Gas. Madrid era una ciudad abierta desde que las
marquesinas de los cines de la Gran Vía se iluminaban el viernes por la
noche hasta que el último tenderete del Rastro se metía en la última
furgoneta que bajaba en punto muerto la Ribera de Curtidores.
Sergio del Molino: Lo que a nadie le importa