Generalmente, cuando un cautivo es separado del grupo, no vuelve a ser visto. Quieren creer que se los llevan para reubicarlos en algún otro campo, mina o fábrica de las que saben que hay repartidas por el Imperio. Nadie quiere pensar, sin embargo, en el juego con el que se entretenían algunos oficiales del anterior cuadro de mando. Los domingos elegían a uno o dos prisioneros de los que quedaban en el cercado, los llevaban al bosque y los soltaban en algún claro para que corrieran.
Jesús Carrasco: La tierra que pisamos