Yo era el nieto bueno. La visitaba cada domingo sin fallar jamás. Llegaba sobre las cinco y me largaba a las siete. La abuela me daba de merendar, como a un niño pequeño. Siempre lo mismo: galletas de chocolate compradas en el supermercado y Coca-Cola en envase de litro, algo desvaída porque ella ya había empezado la botella. A menudo no me apetecía en absoluto ir a verla, pero daba igual. Sandra me miraba con cara de no entender: "Desde luego, Javier, ¡tienes una moral!". Es cierto que tenía mucha moral, porque lo procedente era quedarse el domingo en casa, leyendo tranquilamente, sin dejarse machacar por ninguna obligación moral.
Alicia Giménez Bartlett: Hombres desnudos