Las veces que Mario no podía quedarse con ellos, que no eran pocas,
pasábamos las horas del domingo en casa entre tensiones, reproches y
escenas, hasta que los llevaba al parque, y allí daban vueltas y vueltas
al tiovivo mientras el otoño se llevaba en bandadas las hojas amarillas
o rojas y las lanzaba a los paseos empedrados o las arrojaba al agua del
Po. Pero a veces, en especial cuando el domingo estaba nublado y húmedo,
íbamos al centro. Ellos se perseguían alrededor de las fuentes de las
que manaban chorros blancos por reflejo de la pavimentación, mientras yo
caminaba con desgana controlando el zumbido de las imágenes borrosas y
las voces entrecruzadas que en los momentos de abatimiento aún me
rondaban la cabeza.
Elena Ferrante: Los días del abandono