Los domingos son los peores
Se va corriendo a casa. Se encierra detrás de la barricada sonora de un disco puesto a todo volumen, se ahoga en los miles de palabras de un libro, se castiga hasta el límite del mareo metiéndose toneladas de los bombones más exquisitos, comprados a precio de oro. Hasta que, por fin, se hunde exhausto, otra vez más sobrecogido por el dolor, por el anhelo y la autocompasión. Por el deseo y la necesidad de sentir el contacto cuerpo a cuerpo con otra persona. Alguien con quien hablar, con quien discutir, con quien reír y hacer tonterías, a quien besar y acariciar, alguien con quien hacer el amor y despertarse.
Los domingos son los peores. Los domingos no sale de casa. No se atreve. Cierra las puertas, corre las cortinas y desenchufa el teléfono. Ya no quiere exponerse más al dolor, al ansia y la autocompasión. Ya no ve todas esas parejas, esos gemelos siameses que, cogidos de la mano, domingo tras domingo van a por los pastelitos para tomar con el café. No aguanta este ir cogidos de la mano. Este cerco invisible de pertenencia y autosuficiencia donde él no cabe y que lo mantiene marginado. Que pone de relieve su soledad y su necesidad de contacto. Lo peor son los besos. Cada vez que lo ve, se le retuerce el estómago. Y le duele. Le atraviesa con un fuego de anhelo. ¿Cuántas veces no se habrá sorprendido a sí mismo formando, a la vez, los labios en un beso? O cuando los ve abrazados, señalando y charlando con fervor. ¿La próxima inversión?
Bertil Nordahl: "Los domingos son los peores", en "El vikingo afeitado, 1999.