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domingo, 2 de octubre de 2011

CUADERNO DEL DOMINGO

Los domingos son los peores

Los domingos son los peores. Los domingos no sale de casa. No se atreve. Cierra las puertas, corre las cortinas y desenchufa el teléfono. Ya no quiere exponerse más al dolor, al ansia y la autocompasión. Ya no ve todas esas parejas, esos gemelos siameses que, cogidos de la mano, domingo tras domingo van a por los pastelitos para tomar con el café. No aguanta este ir cogidos de la mano. Este cerco invisible de pertenencia y autosuficiencia donde él no cabe y que lo mantiene marginado. Que pone de relieve su soledad y su necesidad de contacto. Lo peor son los besos. Cada vez que lo ve, se le retuerce el estómago. Y le duele. Le atraviesa con un fuego de anhelo. ¿Cuántas veces no se habrá sorprendido a sí mismo formando, a la vez, los labios en un beso? O cuando los ve abrazados, señalando y charlando con fervor. ¿La próxima inversión?

Se va corriendo a casa. Se encierra detrás de la barricada sonora de un disco puesto a todo volumen, se ahoga en los miles de palabras de un libro, se castiga hasta el límite del mareo metiéndose toneladas de los bombones más exquisitos, comprados a precio de oro. Hasta que, por fin, se hunde exhausto, otra vez más sobrecogido por el dolor, por el anhelo y la autocompasión. Por el deseo y la necesidad de sentir el contacto cuerpo a cuerpo con otra persona. Alguien con quien hablar, con quien discutir, con quien reír y hacer tonterías, a quien besar y acariciar, alguien con quien hacer el amor y despertarse.


Bertil Nordahl: "Los domingos son los peores", en "El vikingo afeitado, 1999.

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