sábado, 25 de febrero de 2012

Si la cordura es un consenso general sobre el contenido de la realidad, ¿quién eres tú para estar en desacuerdo?

Margaret Atwood, "Asesinato en la oscuridad"

viernes, 24 de febrero de 2012

No vas a llorar por todas las sonrisas y los gestos que se han quedado sin fijar.

Carmen Martín Gaite, "Retahílas"

jueves, 23 de febrero de 2012

23 de febrero de 1810

Blanco White abandona el Puerto de Cádiz, en
el barco "Lord Howard", rumbo a Inglaterra

Blancas de cal las casas que en el alba se alejan.
Un tibio sol de invierno va atemperando el aire.
Desde el mar los tejados menos altos y nítidos.
Temo la soledad. Y la melancolía
me invade si contemplo el puerto abandonado
y la ciudad hundiéndose bajo aguas azules.

  Si miro al mar veo sólo mi presente inestable,
precario, tornadizo, al igual que las aguas
que el "Lord Howard" remueve y aparta con su quilla
-como el tiempo pasado la espuma se disuelve
mientras el barco sigue seguro su camino-.
Mas levanto mis ojos y un viento ajeno y libre
despeina mis cabellos, acaricia mi cara,
templando mi inquietud ante el vasto horizonte.

  Ahora miro adelante. ¿Qué habrá tras esas nubes?
Dejo tierra y afectos. Perdonadme mi odio
y también el amor que sufro por vosotros:
aunque nunca consiga desterraros del alma
habréis de serme extraños. Así, al menos, lo quiero.

  No han de volver mis ojos, ni han de volver mis pasos.
Amo la libertad. Y mi amada no es fácil.

Fernando Ortiz: Primera despedida, 1978

miércoles, 22 de febrero de 2012

Pensar es cierto, existir es un mito.

Max Aub, "Crímenes ejemplares"

lunes, 20 de febrero de 2012

Si quieres ser feliz, has de vivir rodeado de personas cuyo canon coincida con tu currículum.

Juan José Millás, "El canon" (El País, 21-V-2004)

domingo, 19 de febrero de 2012

CUADERNO DEL DOMINGO

Domingos por la tarde

       Ocurre después de la comida. Tras la tarta, el café, el carajillo. Al mismo tiempo que una brutal somnolencia hace su aparición. Cuando las conversaciones llegan a un callejón sin salida y se apagan hasta los rumores de la casa de al lado, ésa donde hay un bebé que nunca acaba de crecer. Llega de pronto como una niebla espesa, más espesa que el humo del tabaco y los puros, y se aposenta encima de la mesa en la que ya no caben más migas ni restos de comida, como un batracio satisfecho a partir de las cinco de la tarde, justo cuando uno está pensando en tormar otro café. Es la tristeza del domingo por la tarde, ese estado entre la melancolía y la pura pena que ataca a todo bicho viviente entre los 3 y los 93 años. Ese estado que, en los países nórdicos, contabiliza más intentos de suicidio que en ningún otro momento. Ese estado que condujo a Proust a meterse en la cama y a no querer salir por más magdalenas y té que Celeste le trajera. Esa extraña congoja que conduce a mucha gente a intentar prorrogar el sábado hasta el martes y a poblar los "after" que abren el domingo. Esa mezcla de vagos recuerdos de infancia llenos de relamidas voces de locutores deportivos y horribles sintonias que llenaban el patio de vecinos y cuadernos escolares con deberes a medio hacer y la sensación de empezar todo de nuevo y el miedo a que nuestros amigos del viernes hubieran formado otras alianzas el fin de semana y ya no nos "ajuntaran" el lunes y miedo también a que la señorita hubiera olvidado nuestros nombres.
       Domingos por la tarde en ciudades desconocidas, en hoteles con moquetas imposibles y habitaciones con baños de color marrón que te empujan a pasear por bulevares vacíos con tiendas cerradas y gente que bebe sola en cafés a punto de cerrar. Domingos por la tarde en agosto, donde la ebriedad de sentir la ciudad para uno solo es reemplazada por el vértigo de tener la ciudad para uno solo. Domingos de adolescencia a la salida de la Filmoteca, tras ver una película de Bergman (que en sus memorias hace varias referencias a la tristeza suprema del domingo) que nos zarandeaba hasta la médula y nos empujaba, a partes iguales, hacia el deseo de hacer cine y hacia el cementerio.
       Domingos de invierno en una estación del metro en Brooklyn, donde un hombre negro alto empezó de pronto a darse cabezazos contra una columna de hierro hasta abrirse la cabeza mientras aullaba: "Dios, cómo odio los domingos", mientras la gente desde el andén de enfrente chillaba: "Sí, hermano, ¿quién no?" (Las huellas de la sangre quedaron mucho tiempo en esa columna). Y, sin embargo, hasta la tristeza del domingo por la tarde tiene cosas buenas. Conozco parejas que se han conocido compartiendo su miedo a la tarde del domingo. Conozco gente que empieza una novela siempre en domingo. Otros, que deciden empezar a rodar una película ese día dado que, a efectos de la complicada contabilidad ancestral del departamento de producción, cuenta como lunes. hay también personas que dicen no sentir nada especial esa tarde, que afirman que lo que a ellos de verdad les deprime es el miércoles por la tarde o el jueves por la mañana. Pero es cosa sabida que hay gente que daría cualquier cosa por ser diferente a los demás, hasta fingir una alegría que no siente un domingo por la tarde.

       Isabel Coixet: "Domingos por la tarde", en "EL DOMINICAL" (25/01/2004)