(...) separaban flemáticamente el interior de los libros de las tapas y echaban sobre la cinta las horrorizadas y erizadas páginas, indiferentes e inmutables, sin darse cuenta del valor de cada libro, sin pensar que alguien lo habrá escrito, corregido, leído, ilustrado, impreso, compaginado y publicado, y que después otra persona lo habrá censurado y prohibido, y aún otra persona habrá ordenado su aniquilación, lo habrá cargado en un camión y traído hata aquí donde jóvenes obreros con guantes rojos y azules y amarillos y naranjas extirpaban sus entrañas y las tiraban a la cinta transportadora, muda pero exacta, que a empujones conducía las páginas erizadas a la prensa gigante que las comprimía en paquetes que luego pasarían a las fábricas de papel donde los transformarían en papel blanco, puro e inocente, inmaculado y aún no ensuciado por las letras, con el que más tarde imprimirían nuevos libros...
Bohumil Hrabal: "Una soledad demasiado ruidosa"