Finales de febrero.
Verdean decididos los trigales,
su más breve belleza
restalla en los almendros, los prunos, los cerezos,
en formación los tímidos olivos
centellean al sol de la mañana,
al borde del camino
destellan florecidas zarzamoras
y aun las parcas encinas
en silencio se nota que sonríen.
El humo azul de un fuego
de podador permite adivinar
algún trabajo humano.
De lo demás, del esplendor brotando
en cada brizna, en cada pétalo,
se ocupan, mano a mano, los cielos
y la tierra.
Jesús Munárriz (San Sebastián, 1940): De lo real y su análisis, 1994