Por la mañana yo había estado trabajando con mi padre en la huerta,
ayudándole a recoger y a lavar las hortalizas que él vendería al día
siguiente en el mercado. Sin darme mucha cuenta yo me había ido alejando
de mis amigos de la escuela y de mis compañeros de juegos infantiles en
la calle. Apenas conocía a nadie en el colegio nuevo, y vivía embargado
por una turbia sensación de soledad que se abría como un abismo en esas
tardes de domingo, en la casa grande y helada donde oscurecía demasiado
pronto y donde mi familia permanecía apiñada junto al fuego de la
cocina o en torno a la mesa camilla del comedor al calor del brasero.
(...) Esa tarde, alta y recostada contra el edificio gris del Ideal
Cinema, había una figura femenina que desafiaba con su ademán temerario y
el resplandor de su belleza toda la triste resignación del final del
domingo, la rutina de los paseos, la beatería mansa de los feligreses
que entraban a las iglesias o salían de ellas, la conformidad de los
matrimonios y de las parejas de novios que se congregaban junto a los
mostradores de las pastelerías para comprar paquetitos de dulces. Rubia,
exótica, (...) estaba Bonnie Parker, recortada de un fotograma en
tecnicolor, y cubriendo iluminada por reflectores la fachada del Ideal
Cinema.
Antonio Muñoz Molina: "El viento de la luna"