Los domingos por la tarde me quedaba siempre muy solo. El barrio, por otra parte, cambiaba mucho y se llenaba de gente extraña, visitantes llegados de la periferia de las ciudades o de la provincia misma que miraban aburridos los comercios cerrados del legendario Saint-Germain. No había modo de encontrar a nadie conocido en los cafés y un sentimiento de gran infelicidad se apoderaba de mí. Todos los domingos me los pasaba esperando a que el día siguiente volviera a ser lunes y todo recuperara cierta normalidad.
Enrique Vila-Matas: "París no se acaba nunca", 2003.