sábado, 15 de octubre de 2011

Para saber de mí hago noche en casa de un amigo

  A Tony L. Geist


                                       No quiero molestar. Los dueños de la casa
                                       duermen y no son horas
                                       de despertar a nadie.
                                       Hay que tener cuidado al encender la luz,
                                       bajar al baño, recibir
                                       llamadas en el móvil
                                       o buscar agua fría en la nevera.
                                       Está la noche calma,
                                       el silencio vigila los pasillos
                                       y los relojes sufren en el calor de julio.

                                       Tardamos en dormir,
                                       se hizo larga la cena porque había
                                       historias que contar,
                                       demasiado equipaje
                                       de los últimos años.
                                       Las viejas miradas están certificadas,
                                       deshacen los kilómetros y el tiempo
                                       para que todo ocurra como si fuese ayer.
                                       Me han visto igual que siempre,
                                       han opinado con razones mías
                                       más veloces que yo. Sólo recuerdan
                                       lo mejor que hay en mí.

                                       Y ahora, desvelado,
                                       no quisiera hacer ruido. Sin encender la luz
                                       piso las escaleras con los pies de una sombra,
                                       le explico a la quietud de la cocina
                                       la diferencia horaria de mi sed,
                                       llamo a Madrid, ruego que me perdonen
                                       porque nunca he sabido despedirme,
                                       en voz baja comento los detalles del viaje
                                       y me encierro en el baño
                                       donde soy cuidadoso como un gato intranquilo
                                       para no dejar huellas.

                                       Nadie se ha despertado,
                                       pero todos mis ruidos están en el espejo.
                                       Allí veo correr el agua sucia
                                       de un hombre silencioso. No conviene
                                       despreciar esta rara lección de intimidad.
                                       Para saber de mí
                                       hago noche en casa de un amigo.

Luis García Montero: "Un invierno propio",  2011

viernes, 14 de octubre de 2011

Carta a una amiga

Jerez, 14 de octubre de 1992

Como Rubén lo hizo, quiero yo, buena amiga,
escribirte una carta y relatar la intriga
de mi vida, entre bromas y versos repentinos.
A los dos nos separan diferentes caminos
y mientras tú disfrutas viajando, yo me siento
a esperar que se pase mi propio aburrimiento,
y en Jerez, que es el pueblo donde nací y trabajo,
malvivo, duermo poco, bebo y fumo a destajo
para olvidar qué aprisa pasa el tiempo. Yo, al menos,
cada vez pienso más, cada vez siento menos,
y con los años nada parece ser que era
tal como yo lo quise cuando mi edad primera.

No quiero, sin embargo, que pienses que de nuevo
oigo las mismas notas sombrías. Ya me atrevo
a salir más allá de estas cuatro paredes
donde estuve tres años enredado en las redes
del alma -las que ataron a Samsa y Segismundo-
herido en la conciencia, ahogado en su profundo
fondo del mar. Y a flote salí, que el tiempo cura
la ansiedad, la desgana, el miedo y la locura.
Y ya que nada tiene respuesta, no pregunto.
Al fin todo pasó. Y ahora paso a otro asunto.

Aquí, por otra parte, ya es otoño. Se mudan
de piso Ignacio y Ana. Hace frío. Desnudan
los árboles sus hojas de oro viejo, y si llueve
huele a campo y a infancia. Ya la tarde es más breve
y más larga la noche. En los graves jardines
del parque, en la estación de trenes, en los cines,
dentro de mí yo siento que algo raro me aprieta
el corazón y busco, detrás de la careta,
el rostro y, tras el rostro de arcilla ensimismada,
una certeza, un sueño, algo que sé que es nada.

Trabajo, como siempre, entre estos periodistas
de ahora: analfabetos, soberbios, fatalistas;
dispongo, ordeno, anoto hasta la madrugada.
Y escribo. Mientras tanto pretendo no hacer nada:
vivir sin hacer nada, que es para lo que valgo
y es para mí la única manera de hacer algo.
¿Dónde están -me pregunto- esas noches salvajes
de ayer?

No salgo fuera, ni quiero hacer viajes,
no porque aquí esté bien, sino porque, cansado,
aquí me encuentro igual de mal que en otro lado.
En fin, que vivo aparte y oculto, de manera
que parece que vivo como si no existiera.

Y con esto ya acabo.
Mis mejores deseos
te mando. Ya te dice adiós José Mateos,
que hoy, catorce de octubre, da fin a este poema:
Cada uno en su casa, cada loco en su tema.


José Mateos (Jerez, 1963): Vidas cruzadas, 1995

jueves, 13 de octubre de 2011

A través de los siglos,
saltando por encima de todas las catástrofes,
por encima de títulos y fechas,
las palabras retornan al mundo de los seres vivos,
preguntan por su casa.
Ya sé que no es eterna la poesía,
pero sabe cambiar junto a nosotros,
aparecer vestida con vaqueros,
apoyarse en el hombre que se inventa un amor
y que sufre de amor
cuando está solo.

Luis García Montero: Mi alma te ha cortado a su medida

miércoles, 12 de octubre de 2011

A la Maga y a mí nos ocurre a veces profanar nuestros recuerdos.

Julio Cortázar (Rayuela)

martes, 11 de octubre de 2011

Apenas expresamos algo lo empobrecemos singularmente.

Maurice Maeterlinck

lunes, 10 de octubre de 2011

Problems worthy to attack show their worth by hitting back.

Piet Hein

Los problemas que merece la pena atacar muestran su valor devolviendo el golpe.

domingo, 9 de octubre de 2011

CUADERNO DEL DOMINGO

MALDITO DOMINGO

¿Estaba Jehova realmente cansado cuando decidió tomarse libre el séptimo día de su semana más creativa? Permítanme que lo dude, para cualquier dios que se las da de omnipotente crear un mundo de la nada con un inquilino a su imagen y semejanza debe ser cosa de un chasquido de dedos. La invención del domingo y, sobre todo, la del domingo por la tarde fue un castigo, la venganza anticipada de un dios omnisciente que sabía que sus criaturas favoritas iban a traicionarle con el primer ofidio parlante que les saliera al paso.Una vez condenado el género humano a ganarse el pan con el sudor de sus frentes abombadas de homínidos perplejos, la invención del domingo más que una bendición fue una maldición añadida, un vislumbre semanal del paraíso perdido.
Con la pausa dominical, los sudorosos humanos comprenderían mejor lo que se estaban perdiendo por culpa de sus primeros padres y se mostrarían más temerosos de un dios capaz e idear tan refinada tortura y prolongarla a través de generaciones y generaciones con el pecado original y el sentimiento de culpa grabado en el ADN. Tan sombrías meditaciones son fruto de una tarde de domingo en la ciudad, en un barrio moderno y por tanto bastante impersonal que se despersonaliza del todo hasta hacerse incorpóreo en las horas postreras de la semana, en esa lenta pero inexorable corriente que desembocará irremediablemente en el negro estuario de los lunes.
El gris es el color del domingo una vez pasado el mediodía. "Los domingos matan más hombres que las bombas", tituló mi amigo Jesús Cracio uno de sus lúcidos y lúdicos montajes teatrales. El último se nombra "Sólo los peces muertos siguen el curso del río", porque se trata de nadar contra la corriente de no ahogarse en un mar de irrelevantes certidumbres.
La bomba del domingo en estas calles es la bomba de neutrones que volatiliza a los vivos y deja intactac sus obras muertas. Durante los primeros cinco días de la semana, el barrio, zona de oficinas, despachos y servicios, vive su vicaria actividad y se reactiva en las pausas de la jornada laboral, las horas, los minutos, robados o no, del café, del vermú y del menú de todo a 1.000 de cafeterías y restaurantes. Su música es un coro de bocinas histéricas que claman por la doble fila, sus actores, oficinistas, vigilantes de seguridad, porteros de fincas urbanas, amas de casa con bolsas de la compra, obreros de la construcción, mecánicos de los talleres que atienden el parque móvil de la masa asalariada, jubilados y mamás con cochecitos camino del parque más cercano.
Todos huyen cuando llega el fin de semana, caen los cierres y la flota automovilística se dispersa, residentes y flotantes inician la desbandada y junto a las aceras destacan los huecos libres de los aparcamientos.
Incluso los jóvenes guerreros urbanos, que nunca dejan sus campos de asfalto, peregrinan a las zonas de concentración para celebrar sus ritos iniciáticos y alcohólicos y libar de los cálices de PVC, desechables, no retornables, irrecuperables como ellos, que ni siquiera sirven para montar un "cóctel molotov" y arrojárselo a la cara al sistema que les expulsa. Beben y desbeben como si cada fin de semana fuera un ensayo del fin del mundo.
El Apocalipsis sucederá un domingo por la tarde y parecerá un suicidio colectivo, un holocausto de hastío infinito, una falla global en la conciencia de vivir colectiva enfrentada a las fauces de un lunes infinito, de una eternidad de lunes innombrables.
El domingo al caer la tarde regresan los tránsfugas a sus madrigueras, pero apenas pisan la calle, aparcan en sus garajes o recorren en silencio con sus bártulos el trayecto entre el aparcamiento y el portal, y nada más entrar en sus viviendas, corren a encender el televisor para ensordecerse y aturdirse y no escuchar los cantos de las sirenas laborales, o ahuyentar los fantasmas del desempleo, el tedio y la rutina.
Si yo fuera programador de las veladas dominicales en televisión, sembraría la noche con esos programas de imágenes de impacto, grandes catástrofes ajejnas, lejanos peligros y espantosas pero exóticas odiseas. Del mal de muchos, que consuela a los tontos supervivientes.

Moncho Alpuente: "El País", 20/10/1999