sábado, 16 de julio de 2011

viernes, 15 de julio de 2011

Irene mira por primera vez la lluvia

               Tiene el cielo un aspecto de libro encuadernado
               como de piel oscura y sombra pensativa.
               Tú no puedes saberlo.
               Ni siquiera conoces todavía
               su resplandor nostálgico
               de laguna que cruza por medio de la tarde
               llena de ojos inquietos, cofres y nadadores.

               Porque cualquier mirada necesita
               todo lo que duerme detrás de una pupila.
               Deja pasar mil noches:
               que tu ciudad se tienda con el gesto
               gris de las alamedas,
               que el suelo de tu casa parezca interminable,
               movedizo, igual que los desiertos,
               y que tu corazón, sombra partida
               por el cristal de la ventana,
               sepa cómo discurre la humedad
               de una presencia extraña.

               Camino de los nombres y los días
               es una ley de tribu
               que la lluvia se viva en primera persona
               con un dejo de alma trabajada
               y que el mundo respalde
               su dudoso prestigio
               en tu pequeño corazón sin mundo

               Lo repiten mil veces los libros de poesía.
               Vive y sueña despierta
               el difícil derecho que tendrán tus deseos
               a reclamarte tiempo, a pensar por sí mismos.

Luis García Montero: "Las flores del frío", 1994

jueves, 14 de julio de 2011

El hogar

La niña sólo tenía cuatro años. Sus recuerdos, probablemente,
ya se habían desvanecido y su madre, para hacerla consciente del cambio inminente
que les esperaba, la llevó hasta la cerca de alambre de espino. Desde
allí, de lejos, le enseñó el tren.
—¿No estás contenta? Ese tren nos llevará a casa.
—Y entonces ¿qué pasará?
—Entonces ya estaremos en casa.
—¿Qué significa estar en casa? —preguntó la niña.
—El lugar donde vivíamos antes.
—¿Y qué hay allí?
—¿Te acuerdas todavía de tu osito? Quizás encontraremos también
tus muñecas.
—Mamá, ¿en casa también hay centinelas?
—No, allí no hay.
—Entonces, de allí, ¿se podrá escapar?

István Örkeny

miércoles, 13 de julio de 2011

Después de un largo viaje, vuelvo y os digo: no hay que ser buen padre para ser buen hijo.

P.C.L.

martes, 12 de julio de 2011

Pasadizo secreto

Oscuridad nieve buitres desespero oscuridad nueve buitres nieve
buitres castillos (murciélagos) os
curidad nueve buitres deses
pero nieve lobos casas
abandonadas ratas desespero o
scuridad nueve buitres des
"buitres", "caballos", "el monstruo es verde", "desespero"
bien planeada oscuridad
Decapitaciones.

Leopoldo María Panero

lunes, 11 de julio de 2011

I fell at once into a trance and yet remained incredibly aware, so that whatever I opened my eyes to look at I did not merely see but felt as its existence.

Edgar Lawrence Doctorow: "Willi"

Caí en trance al momento y sin embargo permanecí increíblemente consciente, de manera que al abrir los ojos para mirar cualquier cosa, no solamente la veía sino que la sentía en toda su existencia.

domingo, 10 de julio de 2011

CUADERNO DEL DOMINGO


(...) Sobre lo que pretendía escribir era sobre los domingos, sobre sus largas e inquietantes tardes. ¿Adónde lleva la tarde de un domingo? ¿Adónde la suma de todas las tardes de todos los domingos de una existencia media?
Debo decir que ese día festivo de la semana me ha parecido siempre un día cruel, quizá porque está hecho para una pereza imposible, pero también porque en sus tardes anida la desazón y el miedo a preguntarse qué es la vida o para qué sirve, al fin, el esfuerzo desarrollado durante el resto de la semana.
Tengo cuarenta y cinco años y arrastro este temor a los domingos desde la niñez. Él ha determinado mi existencia, que ha carecido de otro objetivo que escapar a la maldición de ese día feriado que en los calendarios suele señalarse con una mancha roja. Así, cuando era adolescente, en lugar de salir con mis amigos, pasaba las tardes de los domingos en mi cuarto, realizando trabajos manuales que me ayudaban a hacer frente a ese momento en el que la luz del día parece sufrir una vacilación, como si dudara entre la posibilidad de durar eternamente o la de entregarse a la noche.

Juan José Millás, "El clavo del que uno se ahorca" (Primavera de Luto, 1989)